
Un buen día, toda el agua del planeta al mismo tiempo empezó a evaporarse, quedando la Tierra envuelta en una espesa nube blanca. Parecía una gran sandía enterrada entre algodones. Las moléculas de hidrógeno y de oxígeno se entremezclaban felices allá en el cielo, purificándose, danzaban sin importarles de donde vinieran. Llegado el momento, comenzó a llover al unísono en todos los continentes, mares y océanos. Ese agua mágica destiñó todas las banderas del mundo.
…
Dividieron con un muro, como otras tantas veces se había hecho, un país en dos mitades. Fruto de la improvisación hubo ciudades que quedaron separadas a lo largo sus plazas y avenidas, e incluso casas que también quedaron seccionadas. Aquello generó muchas preguntas sin respuesta:¿Cómo era posible que unas habitaciones pertenecieran a un país y el resto a otro?
Se necesitaron tres generaciones para comprender que el muro no tenía una finalidad defensiva, era una barrera para evitar que la gente escapara y detener el tiempo. Finalmente los nietos, armados de picos y palas, acabaron derribando las fronteras que un día edificaron sus abuelos…











Triste, triste, el muro de Berlin, Quien te ha visto y quien te ve
ahora que estas derrumbado?
lamento no ser la mano que con picos te ha tirado.
Las banderas son trapos de colores, fronteras que separan en
lugar de unir…
Gracias por este comentario tan lleno de consciencia planetaria!
Un abrazo, mariluisar.
Hermosa lectura de nuestra historia reciente. Gracias.
Martha
Ninguna bandera… me pone la carne de gallina…
ninguna bandera… me pone de pie.