
No es que hubiera viajado mucho, no es que hubiera ido a mil escuelas, no es que conociera a millones de personas, no es que leyera sin cesar… el políglota sólo hizo nacer de una mamá políglota.
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El lingüista intuía que el habla condicionaba el modo de ver y entender el mundo. Observó que ese primer lenguaje que aprendemos en la familia actuaba como un límite, como un marco mental que se debía trascender. Se preguntaba: “¿Si nacemos preparados para hablar miles de lenguas por qué usar sólo una de ellas?”
Tras muchos estudios hizo público su descubrimiento. Aquello provocó que fuera insultado de todas las formas imaginables y en miles de idiomas distintos. Se dio cuenta de lo peligroso que resultaba investigar sobre un “dogma sagrado”.











Maravilloso relato! Ayer mismo, en una reunión multicultural de lingüistas un companero y yo sosteniamos la teoría de que el idioma materno tiene una influencia definitiva sobre el comportamiento y caracter de sus hablantes ante el sobresalto y casi la idignación del resto de los participantes…
Muchas gracias por mostrar esta curiosa sincronicidad…
Un abrazo enorme para ti
Los barrotes de las cárceles son, son el tiempo, los límites seguros de los presos. Asimismo, guardamos, protegemos nuestros modos coloquiales de hablar como un gran tesoro.
Gracias por confirmarme una escondida convicción respecto de la lengua materna.
Martha.
Decía Platón que las palabras no son las cosas y por lo tanto el poeta que nombra las cosas es mentiroso porque no habla de las cosas mismas sino de su sombra o su representación…hemos olvidado esto y creemos que no hay libertad sólo porque lo hemos formulado con palabras, las palabras son barrotes, los actos son liberadores…al decir no puedo hacer esto y al hacerlo rompemos un barrote y somos un poquito más libres.