
En cuanto el nuevo alcalde llegó al poder, decretó los miércoles como “el día del no repetir”. Los ciudadanos se dividieron en dos bandos opuestos: Unos estaban de acuerdo con aquel decreto y en “el día de no repetir” inventaban formas nuevas de vestirse, de construir una mesa, de llegar al colegio, de cocinar las lentejas, de hacer el amor o de afeitarse el bigote; otros, sin embargo, repetían rutinariamente las maneras de hacer sus actividades diarias y se quedaban mirando por encima de las gafas, con el ceño fruncido o con cara de espanto las excentricidades de sus vecinos.
Pasado el tiempo, era lunes y un huracán atroz pasó por aquel pueblo, arrasando con todo lo que encontró en su camino. Los defensores de aquel controvertido decreto se pusieron enseguida manos a la obra a reconstruir sus calles y huertos con mil ideas a cual más creativa, mientras que los detractores del mismo los miraban con caras espantadas repitiendo: “¡Pero si no es miércoles!”.
…
Ostentaba una cátedra en una prestigiosa universidad desde hacía más de cuarenta años. No era amigo de la improvisación, cada palabra que pronunciaba estaba perfectamente sopesada hasta tal punto que sus clases resultaban monótonas y previsibles. Paralizado en su púlpito, parecía mover los labios al son de unos apuntes amarillentos que estaban esparcidos por su mesa. El alumnado, en silencio, escuchaba con desgana el contenido del discurso, sabiendo que las preguntas no estaban permitidas. Al finalizar la clase, el profesor se quedaba sentado en aquel trono pétreo mientras se vaciaba el aula magna.
Muchos años después se descubrió que el supuesto enseñante era un monigote de cera y su discurso una grabación.











linda historia!! un placer leer!
Gracias, Untipoahix.
Saludos
No repetir. Innovar. Cambiar. Fluir. VIVIR.
Saludos.
Muy bien expresado…
Gracias por tu comentario, Rosana.
Un abrazo