
Érase un país en el que la satisfacción consistía siempre en llegar el último. Sus habitantes no conocían la competitividad, ni la inercia, ni las prisas, ni el estrés, ni la ansiedad. Contagiado de ese espíritu slow, un turista siguió practicando esa filosofía al llegar a su tierra. Pasaron los años y tuvo los mismos logros que sus paisanos, pero se convirtió en el más longevo del lugar.
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En aquellos años, en un país vecino se mantenía por ley el principio de “todo para el primero”. Los noticiarios abrían sus ediciones con los niños prodigio que pilotaban avionetas a los ocho años de edad y que se doctoraban después de los estudios universitarios a los doce. Se sorprendían de que un empresario con quince años todavía no fuera multimillonario y reían abiertamente de aquellos que a los veinticinco no hubieran alcanzado la jubilación.
La locura de ambos mundos desapareció cuando los movimientos migratorios mezclaron las gentes de ambos países: los “jóvenes-viejos” de uno y los “viejos-jóvenes” del otro. Observaron que la velocidad no podía marcarla ninguna ley, era algo que dependía del ser esencial de cada individuo.











-Lo quiero ya!! -solía decirme.
Ahora observo que ocurre y acepto como ocurre sin exigencias, ni manipulaciones satisfactorias. Que al final nunca resultan serlo…
NAMASTE
Gracias por el comentario…que nos parece muy acertado.
Un fuerte abrazo para ti