
Los padres programaron la boda cuando sus hijos apenas tenían cinco años. De clase muy alta, empezaron por llevarlos al mismo colegio de élite. Vivían en un entorno cerrado e idílico, una especie de burbuja aislada en la que podían conseguir cualquier cosa que alcanzaran a imaginar. Crecieron compartiendo ideas y necesidades similares, la más importante era que todo se basaba en compartir unos sólidos valores materiales. Después del enlace, ya como marido y mujer, pasaron a dirigir una importante multinacional, un imperio donde el dinero fluía como el agua.
Sin embargo la programación bajo la que crecieron no era perfecta. Nadie les explicó que su educación y formación ignoró los sentimientos y emociones. También estaban obligados por contrato a renunciar a sus deseos y amputar los aspectos más creativos de sus personalidades.
Hoy son recordados por tener las tumbas más bellas de un importante cementerio con un epitafio: ¿Valió la pena tanto dinero y tan poca conciencia?
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Marisa tiene una tarde tonta, no se explica por qué se siente así si lo tiene todo. Lleva tres meses casada con el hombre que siempre soñó, sin embargo no se siente satisfecha. Marcelo, su joven marido, y ella comparten ideas, ideales y creencias, pero no se acarician ni abrazan; comparten cama, pero no sexo; comparten casa, pero no hogar; comparten la vida, pero no los proyectos.
La pareja de Marisa y Marcelo es como un vehículo que circula con energía defectuosa. Ponen en el depósito carburante del surtidor de la ” diagonal fría”, lo intelectual y lo material, pero les falta los correspondientes a la “diagonal caliente”, lo emocional y lo sexual-creativo. El vehículo de la pareja necesita de estos dos surtidores, porque de lo contrario va lento, se para, se estanca e incluso puede estropearse para siempre.











el amor tiene condiciones? si no tiene condiciones, como no ponerlas?
Gracias por tu comentario, mirna. Invita a la reflexión.
Un abrazo.