Texto:
Cuando ciego te buscaba,
Mi alma te iba pariendo
Mientras dejaba huellas con la forma de una luna
No había paredes en mi cuarto
Solamente rincones donde sombras con mil brazos
Pedían resplandores.
No había un pan en mi altar
Y en el viejo pergamino
Las moscas devoraban las amargas letras sagradas.
No crecía un árbol de manzanas en mi solitario lecho
Y a los dedos de mis manos se los llevaba el viento.
Fue así como te hice, convirtiendo en carne mis sueños
Con el resplandor de la luna dándote una piel plata.
Colocando un ojo vivo en tus mil manos que imploran,
Para que doblada en cuatro, fueras el cáliz de mi mesa
Y en tus innumerables labios se tatuara el nuevo credo.
Tu voz sin fin entrando en el mundo
Como una hostia roja hasta paralizar el infinito espejo en una eterna imagen.
No crecía un árbol de manzanas en mi solitario lecho
Y a los dedos de mis manos se los llevaba el viento
Es así como te hice, convirtiendo en carne mis sueños
Con el resplandor de la luna dándote una piel plata
Alejandro Jodorowsky
Fuente: Lucas4Tristan














Venga Jodorowsky que buen poema hermano maestro, me gustaria conocerte en verdad…
Buna energia desde Mexico
Muy bonito. Va a mis favoritos
Imágenes que desgarran y permiten la vida…
Maestro
excelente!!
Abrazo para ti
la tarde pesa
se estira
regala manzanas
es buena,
me escurre y me cuelga
en el tender,
afuera
a secarme un poco
una brisa me atraviesa
como una flecha
que no tiene
donde clavarse
y no hiere
sólo por eso
Excelente!
Canto del Macho Anciano -
Viviendo del recuerdo, amamantándome
del recuerdo, el recuerdo me envuelve y al retornar
a la gran soledad de la adolescencia,
padre y abuelo, padre de innumerables familias,
rasguño los rescoldos, y la ceniza helada agranda
la desesperación
en la que todos están muertos entre muertos,
y la más amada de las mujeres, retumba en
la tumba de truenos y héroes
labrada con palancas universales o como bramando.
¿En qué bosques de fusiles nos esconderemos
de aquestos pellejos ardiendo?
porque es terrible el seguirse a sí mismo cuando
lo hicimos todo, lo quisimos todo,
lo pudimos todo y se nos quebraron
las manos,
las manos y los dientes mordiendo hierro con
fuego;
y ahora como se desciende terriblemente de
lo cotidiano a lo infinito, ataúd por ataúd,
desbarrancándonos como peñascos o como caballos
mundo abajo,
vamos con extraños, paso a paso y tranco a tranco
midiendo el derrumbamiento general,
calculándolo, a la sordina,
y de ahí entonces la prudencia que es la derrota
de la ancianidad;
vacías restan las botellas,
gastados los zapatos y desaparecidos los amigos
más queridos, nuestro viejo tiempo, la época
y tú, Winétt, colosal e inexorable.
Todas las cosas van siguiendo mis pisadas
ladrando desesperadamente,
como un acompañamiento fúnebre, mordiendo
el siniestro funeral del mundo, como
el entierro nacional
de las edades, y yo voy muerto andando.
Infinitamente cansado, desengañado, errado,
con la sensación categórica de haberme equivocado
en lo ejecutado o desperdiciado
o abandonado o atropellado al avatar del
destino
en la inutilidad de existir y su gran carrera
despedazada;
comprendo y admiro a los líderes,
pero soy el coordinador de la angustia del universo,
el suicida que apostó su destino a la baraja
de la expresionalidad y lo ganó perdiendo
el derecho a perderlo,
el hombre que rompe su época y arrasándola, le da
categoría y régimen,
pero queda hecho pedazos y a la expectativa;
rompiente de jubilaciones, ariete y símbolo
de piedra,
anhelo ya la antigua plaza de provincia
y la discusión con los pájaros, el vagabundaje y
la retreta apolillada en los extramuros.
Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo,
¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo
siempre y el vendaval desenfrenado que
yo soy íntegro, se asocie
a la personalidad popular del huracán!
A la manera de la estación de ferrocarriles,
mi situación está poblada de adioses y de ausencia,
una gran lágrima enfurecida
derrama tiempo con sueño y águilas tristes;
cae la tarde en la literatura y no hicimos lo que
pudimos,
cuando hicimos lo que quisimos con nuestro pellejo.
El aventurero de los océanos deshabitados,
el descubridor, el conquistador, el gobernador
de naciones y el fundador de ciudades
tentaculares,
como un gran capitán frustrado,
rememorando lo soñado como errado y vil
o trocando en el escarnio celestial del
vocabulario
espadas por poemas, entregó la cuchilla rota del
canto
al soñador que arrastraría adentro del pecho
universal muerto, el cadáver de un conductor
de pueblos,
con un bastón de mariscal tronchado y echando
llamas.
El “borracho, bestial, lascivo e iconoclasta” como el
cíclope de Eurípides,
queriendo y muriendo de amor, abrasándola
a la amada en temporal de besos, es ya nada más
que un león herido y mordido de cóndores
Caduco en la “República asesinada”
y como el dolor nacional es mío, el dolor popular me
horada la palabra, desgarrándome,
como si todos los niños hambrientos de Chile fueran
mis parientes;
el trágico y el dionisíaco naufragan en este enorme
atado de lujuria en angustia, y la acometida
agonal
se estrella la cabeza en las murallas enarboladas de
sol caído,
trompetas botadas, botellas quebradas, banderas ajadas
ensangrentadas por el martirio del trabajo mal
pagado;
escucho la muerte roncando por debajo del mundo
a la manera de las culebras, a la manera de las
escopetas apuntándonos a la cabeza, a la
manera
de Dios, que no existió nunca.