
Un indio estaba sentado en la calle junto a un avestruz. Una señora curiosa se detuvo frente a ellos, acariciando a su perro faldero. Éste le ladró al plumífero: “¡Si yo tuviera esas patas ridículas me escondería!”. El indio, que conocía el lenguaje de los animales, le dijo: “Se ve que tienes buen gusto. Conozco un lugar donde hay miles de perras en celo. ¿Quieres ir con nosotros?”. El faldero respondió: “Me escaparé y vendré a buscarlos”. A la hora convenida llegó moviendo su cola. El indio recitó tres palabras y, de pronto, se encontraron en un desierto. Con su dueño montado en el lomo, el avestruz avanzó a grandes zancadas, el can los siguió como pudo. Al cabo de tres horas, agotado, muerto de sed, exclamó: “¡Alto!”. El indio se detuvo: “No entiendo por qué estás tan cansado”. El perro miró con envidia al avestruz. “¡Ah, comprendo, es porque no tienes esas patas ridículas!”. Gimió el cuadrúpedo: “¡Ahora me doy cuenta de cuán bellas son! ¡No me avergonzaría de poseer unas iguales!”. El indio hizo un gesto y el can se vio con cuatro patas de avestruz. ¡Saltó contento! ¡Galopó orgulloso por las dunas! El indio hizo un gesto y el animal apareció junto a su ama que, asqueada, tomó un palo y lo expulsó de la casa. Cuando todo el pueblo se hubo burlado del engendro, el indio deshizo el encantamiento.
Alejandro Jodorowsky
Ilustración: Boucq
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