
Volvió a amanecer para ambos en la terraza que daba a la inmensa ciudad mediterránea sumida como casi siempre en la bruma de la polución. Echados en ambas tumbonas nos despertamos con dulzura cogidos aún de la mano, e indefectiblemente nuestras miradas fueron a parar al mundo de los demás.
- ¿Quieres que vayamos a Irlanda?
- No lo sé. – Albert no pensaba en eso en aquel momento, flotando en las neblinas de lo que había llamado el paraíso, por ello Sean tuvo que hacer acto de presencia para controlar el aterrizaje en el duro asfalto. – Además, no sé si puedo. No creo que nadie me dé un pasaporte sin que les diga antes quien soy, y si se lo digo…
- ¿Quieres que nos quedemos en Barcelona? – preguntó Montserrat sin parar atención a la complicada problemática que “Sean” acababa apenas de esbozar.
Me volví a mirarla y encontré en la suya la íntima complicidad de los amantes, que saben que el Paraíso es un lugar personal e intransferible, alejado de las miserias de cualquier cultura, religión o filosofía impuesta, y que además no se puede describir, como los sentimientos; se siente o no se siente, se está o no se está. Es como creer en Dios, dijo “Albert” al mundo: “si no puedes sentir a Dios dentro de ti tendrás que creer en él, aunque eso ya es otra cosa”. Pero la sombra se Sean no tardó en cruzarse en el campo de visión, inquieto, incrédulo e incapaz de comprender ese gozo y plenitud.
- Quiero estar contigo, – dijo uno de los dos, Albert o Sean, y supongo que en mi inconsciente algo muy poderoso me impidió saber quién para no estropear el momento – y por lo tanto quiero estar donde menos problemas tengamos y podamos disfrutar la vida juntos.
- ¿No te gustaría volver a ver donde naciste, encontrarte con tu familia, con las personas que amaste, los paisajes…?
- Sí… claro, – repuso Sean poco convencido – pero dudo que pueda. – Me eché para atrás otra vez y Albert se dejó impregnar por la envoltura rosácea del cielo para recitar, esta vez para su amada: – La vida es un “de pronto”: De pronto me veo subido al carro de la violencia poniendo bombas a la gente o ametrallando a mis compatriotas, y de pronto estoy de bruces en un campo quemado junto a restos de un avión que parecía seguro, al pie de las montañas cerca del Mediterráneo donde no reconozco ni a mí mismo, de pronto te conozco a ti y vivo el tormento y el éxtasis. ¿Y ahora qué? … De pronto, qué. ¿Sabes? – Sean, embelesado por fin con la poesía se dejó empujar por Albert para hacerle otra confidencia. – Antes del accidente yo era un desastre con las mujeres, me bloqueaba y mi timidez me hacía ser tosco y a veces violento, era un caso clínico.
- ¿Qué?… ¿Porqué me cuentas eso?… Pues nadie hubiera dicho. ¿Tu un tímido con las mujeres? ¿Tú que me rescataste de mi cárcel con tanta pasión como paciencia?
- Yo tampoco me lo explico, supongo que fue la amnesia lo que me permitió ser. El que mis miedos y frustraciones quedaran enterrados bajo aquella losa me permitió comportarme como un ser libre y por lo tanto buscar tu libertad escondida, por supuesto, dentro de ti misma.
- ¡Dios mío, cómo nos ata nuestra historia!
- … O lo que creemos que es nuestra historia.
- ¿Tú un tímido con las mujeres…? Con esa soltura y esa mirada…
- Yo no sabía como… – quise terminar la frase de corrido, pero Albert tuvo que venir en ayuda de los dos – Yo crecí con la culpabilidad de…
- ¿Qué?
- En este momento me estoy acordando de lo que me dijo un viejo psiquiatra con el que comenté sin pretenderlo lo que nos ocurría antes de que pudiéramos consumar el matrimonio. – Montserrat bloqueó lo que iba a decir – Y estoy recordando como sentí una honda intranquilidad por lo que quiso decir, no por lo que dijo. Probablemente detectó en mí como las garras de una culpabilidad aprendida que me impidieran forzar la situación contigo…
- ¡Pero si era yo la que…!
- La pareja es un juego de dos, espera: Recibí una educación católica fundamentalista según la cual el acto sexual solo esta permitido para procrear…
- Toma, como aquí.
- Pero cada uno recibe los mensajes de la educación con impacto diferente. Nunca pude insinuarme a una mujer porque resonaban en ese momento implacablemente las palabras de mi madre: “Los hombres son el demonio. Toda mi vida he tenido que escapar de los hombres. Por eso me case con tu padre, porque…”
- Sigue.
- No puedo… Mi padre… No puedo poner a mi padre en la balanza del psicoanálisis. No puedo…
- Una madre castradora, ¿eh? – teorizó con sencillez y sin intención de herirme, recitando solo una síntesis del Complejo de Edipo, de todos conocida. Pero no pudo continuar porque el monstruo de Sean O’Flagherty, o “la sombra”, empezó a poseerme como el más brutal de las culturas del terror y de la opresión.

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