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“Papá, léeme otra vez esa frase sobre los sabios”, dijo la niña de siete años a su padre antes de ir a la cama. Éste se puso las gafas, buscó entre los miles de volúmenes de su biblioteca un libro bastante reciente. Lo abrió y exclamó doblando sus rodillas, para llegar así a la altura de la niña:
-“La lluvia no se queda pegada al cielo: sólo es sabio quien comparte sus conocimientos”. Estas palabras las tecleó Alejandro Jodorowsky en su Twitter,- le dijo- aunque han quedado también impresas en un libro, hija mía. ¿Te acuerdas cuando viajamos a la playa y encontramos una botella en la orilla?
-Sí. Dentro había un mensaje de amor muy bonito y mamá dijo que vaya pena si, por suerte del destino, la botella se hubiese quedado en el fondo…. ¿Habrá muchos mensajes dentro de botellas atrapadas en el mar, papá?
-Supongo que no tantos como en los libros que acumulan polvo en las estanterías y en las cabezas de los llamados sabios, esos que no aprendieron a compartir.
Aquella noche, la niña soñó que el dios del mar liberaba los mensajes de todas las botellas del fondo marino. Peces de colores formaron una eficaz cadena para llevar los pequeños pergaminos manuscritos cerca de la superficie. Pasaban el relevo a las blancas gaviotas que con sus picos naranja los atrapaban y los transportaban volando lejos de la costa, hasta donde sus alas le permitían llegar. En ese mundo onírico, las ciudades amanecieron cubiertas de mensajes bellos y positivos rescatados del olvido. En mundo real, esa niña quizá en unos años colaborará en algo parecido…
Carmen Sol































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