
Al correo del maestro llegó una carta de un antiguo discípulo. Dentro una cuartilla con tan solo una pregunta:
-¿Qué lleva a un hombre al manicomio?
El maestro escribió dos respuestas. Una la envío al domicilio del discípulo y otra al manicomio de aquel lugar. En la primera decía:
-Bastan tres generaciones de neuróticos ondeando la bandera de la represión, para crear un psicótico. Éste fabricará con el material reprimido un bonito repertorio de síntomas y llevando la bandera como camisa (de fuerza), lo encerrarán en el manicomio.
En unos días te responderé a lo que en realidad me estás preguntando: “¿qué saca a un hombre del manicomio?”
En la segunda carta escribió así el maestro.
-Es una pregunta intelectual, provocada por el miedo a la locura…
Una persona sana que no produce obra puede acabar en el psiquiátrico. En ese caso habrá cortado la conexión con “el mundo”, y por tanto no será capaz de convivir con los demás. El psiquiátrico viene a ser la representación exterior de ese encierro interior. Lo que ocurre afuera no deja de ser un reflejo de lo que sucede dentro.
Poner a “nuestros demonios” a trabajar es la clave sanadora.
-¿Y lo que lleva un hombre al manicomio?- volvió a preguntar el discípulo.
Esta vez la respuesta del maestro se la dio en el contexto de una visita:
-Hilos invisibles conectan a todos los que estáis aquí dentro: enfermos mentales, médicos, guardias de seguridad, administrativos, personal de dirección… todos traéis aquí exactamente lo mismo: vuestros problemas.
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