
En el universo onírico, muy similar al real, también se reciben regalos. Detrás de los mismos hay mensajes más o menos ocultos que convendría conocer. Por ese motivo se hacía preguntas:
Su hermano le había regalado un libro con las 30 batallas más importantes de la historia, absolutamente convencido de que le iba a encantar. “¿Por qué no me regalaría un libro sobre las 30 actitudes sanadoras más importantes de todos los tiempos?
Después de doce años sin reloj, sin sentir la presencia en su muñeca izquierda de Saturno (el tiempo), su hermana le regaló uno de pulsera para solicitarle más presencia. “¿No habrá otra forma de compartir, sin ataduras inconscientes, sabiendo que la felicidad consiste en ser lo que se es y no en lo que otros quieren que seamos?”
Su padre le tenía preparado un regalo práctico, propio del nudo sadomasoquista, una máquina eléctrica de afeitar. “¿Estaba regalándome una máquina que me recordara, cada vez que la usara, lo dura que es la vida?”
Su tía, atrapada en el tiempo, le ofreció el regalo que siempre se repetía durante los últimos treinta años: la colonia añeja. “¿Para sus ojos, mi imagen estaba congelada en el tiempo, continuaba siendo el adolescente de siempre?”
El único regalo que disfrutó fue el que le hizo su pareja, una mochila que le permitía ir y venir a su antojo. El amor auténtico es aquel que no se encierra en una jaula, el que no coloca límites…
Los regalos, a pesar de las preguntas, siempre hay que agradecerlos.
Image Credit & Copyright: Robert Pölzl
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