Una antigua leyenda de la India hablaba sobre un árbol que daba unos curiosos frutos. Decían que la gente que comía de esos frutos, entre otras cosas, no envejecería ni moriría.
El rey envió a un emisario (el más inteligente y preparado) a buscar ese árbol por toda la India. Este individuo pasó muchos años de búsqueda infructuosa, de desengaños, de mentiras y de ser tratado como un loco. Finalmente debía volver para informar al monarca que no había sido lo suficientemente hábil para encontrarlo
Pero aprovechó la cercanía de un conocido sabio para preguntarle por la existencia de ese milagroso árbol y de paso solicitarle su bendición.
El sabio se rió a carcajadas ante tanta ignorancia. Le dijo: tú no necesitas mi bendición, sino mucha orientación. El fruto que da el Árbol del Conocimiento se llamaba “sabiduría”
Después de tantos años no había entendido que estaba frente a una “metáfora”
La noticia es que actualmente muchos buscadores continúan indagando por el paradero de ese Árbol, interpretando de la manera más literal cualquier texto que cae en sus manos.
Un día el rey más poderoso de la época se decidió por fin, tras largos años de infructuosos tratamientos por parte de la legión de médicos que le atendían de su extraña dolencia, a consultar a un Sufi que vivía en las afueras de la capital. El sabio accedió a acompañar al emir y cuando estuvo en presencia del ilustre soberano, pasó un buen rato en silencio observándolo. Luego, haciendo ya el gesto de irse, dijo:
“Poderoso señor, todas vuestras dolencias desaparecerán al instante de vestiros la camisa que lleva el hombre feliz”
Consternado el monarca apenas acertó a preguntarle a voz en grito, cuando el viejo sabio iba ya a salir de la enorme sala. “¿Dónde está ese hombre? ¿Cómo puedo encontrarle?”
“No teneis más que enviar emisarios a buscarlo”, respondió el Sufí desde el pasillo.
El rey actuó de inmediato y envió a todos sus emires a recorrer el país. Los altos dignatarios fueron preguntando a todo ciudadano si era el hombre feliz, y cuando el interrogado respondía negativamente seguían buscando. Pasaron los años. Por fin el emir más diestro, fuerte y paciente regresó a palacio, exhausto, desfallecido y con el semblante ciertamente turbado.
El rey inquirió: “¿Has encontrado por fin al hombre feliz?”
“Sí, majestad”, respondió el buen servidor, “en efecto lo he encontrado; vive en los confines de vuestro reino, en lo alto de las montañas más altas”.
“¿Le habéis, pues, colmado de tesoros a cambio de su camisa?”
“Majestad:”, el canciller se tomó su tiempo en responder, lanzó un largo suspiro y concluyó, “el hombre feliz es tan pobre que no tiene ni camisa”
Una madre judía le dijo un día a su hijo: Hijo mío, tienes ya veinticuatro años. Y ha llegado la hora de afrontar tu futuro. Tu padre tiene un amigo rico. ¡Ve, pues, a verle y pregúntale cómo se las ha arreglado él para hacerse rico!
El joven, siguiendo los consejos de su madre, concertó una cita con el amigo de la familia. Había caldo la noche cuando se encontraron.
-¿Podría confiarme usted el secreto de su éxito? preguntó el joven visitante.
-Por supuesto, asintió el hombre. Es una historia muy larga. y; echando una mirada a su huésped añadió: ¡Dado que no tomas notas, apaguemos la luz! ¡No vale la pena gastar electricidad si no es necesario!
A estas palabras, el joven sonrió y dijo: Lo he comprendido. Acaba usted de darme la respuesta.
Alejandro Jodorowsky: El joven había comprendido que, para ser rico, hay que ser ahorrador, consciente de todo.
Aplicándolo al terreno que a nosotros nos interesa, para adquirir la riqueza espiritual, nos conviene estar, de igual modo, extremadamente vigilantes. No malgastar nuestra vida inútilmente.
Por esta razón es por lo que pido a las personas que vienen a consultarme si han estudiado su árbol genealógico a fin de ver lo que se preparan a vivir en el futuro. ¿Vivimos en el pasado, en nuestra herida, o bien en el presente, en esa maravilla que es el instante? Hay que tomar conciencia de lo que nuestro árbol nos ha legado a fin de no dilapidar nuestra vida.
Son numerosas las historias zen que hablan de economizar el agua. Es una manera de decir que no hay que malgastarse. O dicho de otro modo, vivir o en el pasado o en el futuro, pero no en el presente.
Un cazador, mientras camina por la orilla de un río, se encuentra de pronto en presencia de un drama de la naturaleza: un enorme cocodrilo, tras haber atrapado la pata de un oso de un bocado, trata de arrastrarlo dentro del agua. El hombre mata sin dudarlo al cocodrilo con su carabina, liberando así al oso malherido. Éste lleva un collar en torno al cuello: resulta que pertenece aun circo que está acampado a unos cientos de metros de allí. A partir de este momento, el oso da muestras de agradecimiento y de afecto desbordantes hacia su salvador.
Algún tiempo después, el hombre seguido de su nuevo amigo oso va a hacerle una visita al propietario del circo. Trata de negociar el rescate del plantígrado, arguyendo que hasta ese día ha vivido solo y que por fin ha encontrado a un amigo para llenar esta soledad. «Trato hecho», responde el propietario del circo que termina por ceder ante la insistencia del cazador.
El hombre y el oso se ponen a vivir juntos, el oso velando por su nuevo amo como si fuera éste la niña de sus ojos.
Un día, el hombre decide echar una cabezadita. Le ruega a su compañero que espante las pesadas moscas que no paran de zumbar encima de su cama. Una vez dormido el hombre, una mosca, burlando la vigilancia del animal, se posa en frente del durmiente. El oso, tras haber agitado en vano sus patas para obligarla a emprender el vuelo y preocupado de preservar el sueño de su amigo, decide recurrir a procedimientos más expeditivos. Coge entonces una enorme piedra, la lleva a la habitación del durmiente y la deja caer sobre el insecto. Éste último muere en el acto así como también el durmiente.
Comentario de Alejandro Jodorowsky en “La sabiduría de los cuentos”:
Con esta historia, lo que los sufís quieren decirnos es que es siempre preferible tener un enemigo que un amigo idiota.
¿Cuántas amistades idiotas he cultivado en mi vida? ¿Cuánto tiempo he perdido en relaciones inútiles? ¿Cuántas veces han venido «amigos» a tomar un té a mi casa y a charlar de cualquier cosa, con tal de matar el tiempo? O esas gentes que vienen a verte y te dicen: «Me aburro. Tengo dos horas que llenar».
Cuando yo era adolescente, llené mi vida de muchas personas. Me utilizaban como un mueble en su existencia.
¿Cuántos «osos» hay metidos en nuestra vida, hoy mismo?
Un indio muy sabio se encontraba enseñando a su pequeño nieto una de las lecciones más importantes de la vida. Le contó al pequeño niño la siguiente parábola:”Existe una pelea dentro de cada uno de nosotros. Es una terrible pelea entre dos lobos”, le dijo.
“Un lobo es malo. Es furia, rabia, envidia, remordimiento, avaricia, arrogancia, autocompasión, resentimiento, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego. El segundo lobo es bueno. Es alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, empatía, verdad, compasión y fe”.
El nieto pensó sobre esto un momento. Entonces le preguntó al abuelo, “¿Que lobo ganará esta pelea?”
El abuelo simplemente respondió, “El que alimentes”.
En una tarde nublada y fría, dos niños patinaban sobre un lago helado sin preocupación. De repente, el hielo se rompió y uno de los niños cayó al agua.
El otro niño viendo que su amigo se ahogaba debajo del hielo, corrió a coger una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas hasta que logró romperlo y así salvar a su amigo.
Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaron: ¿Cómo lo hizo? ¡El hielo era muy grueso! ¡Era imposible que lo hubiera podido romper, con esa piedra y sus manos pequeñas!
En ese instante apareció un anciano y dijo: “Yo sé cómo lo hizo”…
¿Cómo? – Le preguntaron al anciano y él contestó:
“No había nadie a su alrededor que le dijera que no se podía hacer”.
Cuenta una historia tibetana, que un día un viejo sabio preguntó a
sus seguidores lo siguiente: ¿Por qué la gente se grita cuando están
enojados?
Los hombres pensaron unos momentos:
-Porque perdemos la calma –dijo uno– por eso gritamos.
-Pero ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado?
–Preguntó el sabio– ¿No es posible hablarle en voz baja?
¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?
Los hombres dieron algunas otras respuestas pero ninguna de
ellas satisfacía al sabio.
Finalmente él explicó:
-Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se
alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar,
para poder escucharse. Mientras más enojados estén,
más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro
a través de esa gran distancia.
Luego el sabio preguntó:
-¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran?
Ellos no se gritan, sino que se hablan suavemente
¿Por qué? Sus corazones están muy cerca.
La distancia entre ellos es muy pequeña.
El sabio continuó –Cuando se enamoran más aún,
¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven
aún más cerca en su amor. Finalmente no necesitan siquiera
susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuan cerca
están dos personas cuando se aman.
Luego dijo:
-Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen,
no digan palabras que los distancien más, llegará un día
en que la distancia sea tanta que no encontrarán más
el camino de regreso.
En cierta ocasión mostró Buda una flor a sus discípulos y les pidió que dijeran algo acerca de ella.
Ellos estuvieron un rato contemplándola en silencio.
Uno pronunció una conferencia filosófica sobre la flor. Otro creó un poema. Otro ideó una parábola. Todos tratando de quedar por encima de los demás.
Mahakashyap miró la flor, sonrió y no dijo nada. Sólo él la había visto.
La vida (y también el amor), es como una botella de buen vino. Unos se contentan con leer la etiqueta, otros con crearla. Otros prefieren probar su contenido.
Esta historia nos lleva a la época del Rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda, tiempo de hechicería y castillos de puentes levadizos, tiempo de intrigas y batallas heroicas, tiempo de dragones mágicos que arrojan fuego por la boca y de paladines de honor y valor ilimitados.
El rey Arturo había enfermado. En tan solo dos semanas su debilidad lo había postrado en su cama y ya casi no comía. Todos los médicos de la corte fueron llamados para curar al monarca pero nadie había podido diagnosticar su mal. Pese a todos los cuidados, el buen rey empeoraba.
Una mañana, mientras los sirvientes aireaban la habitación donde el rey yacía dormido, uno de ellos le dijo a otro con tristeza:
—Morirá…
En el cuarto estaba Sir Galahad, el más heroico y apuesto de los caballeros de la mesa redonda y el compañero de las grandes lides de Arturo.
Galahad escuchó el comentario del sirviente y se puso de pie como un rayo, tomó al sirviente de las ropas y le gritó:
—Jamás vuelvas a repetir esa palabra, ¿entiendes? El rey vivirá, el rey se recuperará…. Solo necesitamos encontrar al médico que conozca su mal, ¿oíste?
El sirviente, temblando, se animó a contestar:
—Lo que pasa, Sir, es que Arturo no está enfermo, está embrujado.
Eran épocas donde la magia era tan lógica y natural como la ley de gravedad.
—¿Por qué dices eso, maldición! —preguntó Galahad.
—Tengo muchos años, mi señor, y he visto decenas de hombres y mujeres en esta situación, solamente uno de ellos ha sobrevivido.
—Eso quiere decir que existe una posibilidad… Dime cómo lo hizo ése, el que escapó de la muerte.
—Se trata de conseguir un brujo más poderoso que el que realizó el conjuro; si eso no se hace, el hechizado muere.
—Debe haber en el reino un hechicero poderoso —dijo Galahad—, pero si no está en el reino lo iré a buscar del otro lado del mar y lo traeré.
—Que yo sepa hay solamente dos personas tan poderosas como para curar a Arturo, Sir Galahad; uno es Merlín, que aún en el caso de que se enterara tardaría dos semanas en venir y no creo que nuestro rey pueda soportar tanto.
—¿Y la otra?
El viejo sirviente bajó la cabeza moviéndola de un lado a otro negativamente.
—La otra es la bruja de la montaña… Pero aun cuando alguien fuera suficientemente valiente para ir a buscarla, lo cual dudo, ella jamás vendría a curar al rey que la expulsó del palacio hace tantos años.
La fama de la bruja era realmente siniestra. Se sabía que era capaz de transformar en su esclavo al más bravo guerrero con solo mirarlo a los ojos; se decía que con solo tocarla se le helaba a uno la sangre en las venas; se contaba que hervía a la gente en aceite para comerse su corazón.
Pero Arturo era el mejor amigo que Galahad tenía en su vida, había batallado a su lado cientos de veces, había escuchado sus penas más banales y las más profundas. No había riesgo que él no corriera por salvar a su soberano, a su amigo y a la mejor persona que había conocido.
Galahad calzó su armadura y montando su caballo se dirigió a la montaña Negra donde estaba la cueva de la bruja.
Apenas cruzó el río, notó que el cielo empezaba a oscurecerse. Nubes opacas y densas perecían ancladas al pie de la montaña. Al llegar a la cueva, la noche parecía haber caído en pleno día.
Galahad desmontó y caminó hacia el agujero en la piedra. Verdaderamente, el frío sobrenatural que salía de la gruta y el olor fétido que emanaba del interior lo obligaron a replantear su empresa, pero el caballero resistió y siguió avanzando por el piso encharcado y el lúgubre túnel. De vez en cuando, el aleteo de un murciélago lo llevaba a cubrirse instintivamente la cara.
A quince minutos de marcha, el túnel se abría en una enorme caverna impregnada de un olor acre y de una luz amarillenta generada por cientos de velas encendidas. En el centro, revolviendo una olla humeante, estaba la bruja.
Era una típica bruja de cuento, tal y como se la había descripto su abuela en aquellas historias de terror que le contaba en su infancia para dormir y que lo desvelaban fantaseando la lucha contra el mal que emprendería cuando tuviera edad para ser caballero de la corte.
Allí estaba, encorvada, vestida de negro, con las manos alargadas y huesudas terminadas en larguísimas uñas que parecían garras, los ojos pequeños, la nariz ganchuda, el mentón prominente y la actitud que encarnaba el espanto.
Apenas Galahad entró, sin siquiera mirarlo la bruja le gritó:
—¡Vete antes de que te convierta en un sapo o en algo peor!
—Es que he venido a buscarte —dijo Galahad—, necesito ayuda para mi amigo que está muy enfermo.
—Je… je… je… —rió la bruja—. El rey está embrujado y a pesar de que no he sido yo quien ha hecho el conjuro, nada hay que puedas hacer para evitar su muerte.
—Pero tú… tú eres más poderosa que quien hizo el conjuro. Tú podrías salvarlo —argumentó Galahad.
—¿Por qué haría yo tal cosa? —preguntó la bruja recordando con resentimiento el desprecio del rey.
—Por lo que pidas —dijo Galahad—, me ocuparé personalmente de que se te pague el precio que exijas.
La bruja miró al caballero. Era ciertamente extraño tener a semejante personaje en su cueva pidiéndole ayuda. Aun a la luz de las velas Galahad era increíblemente apuesto, lo cual sumado a su porte lo convertía en una imagen de la gallardía y la belleza.
La bruja lo miró de reojo y anunció:
—El precio es este: si curo al rey y solamente si lo curo….
—Lo que pidas… —dijo Galahad.
—¡Quiero que te cases conmigo!
Galahad se estremeció. No concebía pasar el resto de sus días conviviendo con la bruja, y sin embargo, era la vida de Arturo. Cuántas veces su amigo había salvado la suya durante una batalla. Le debía no una, sino cien vidas… Además, el reino necesitaba de Arturo.
—Sea —dijo el caballero—, si curas a Arturo te desposaré, te doy mi palabra. Pero por favor, apúrate, temo llegar al castillo y que sea tarde para salvarlo.
En silencio, la bruja tomó una maleta, puso unos cuantos polvos y brebajes en su interior, recogió una bolsa de cuero llena de extraños ingredientes y se dirigió al exterior, seguida por Galahad.
Al llegar afuera, Sir Galahad trajo su caballo y con el cuidado con que se trata a una reina ayudó a la bruja a montar en la grupa. Montó a su vez y empezó a galopar hacia el castillo real.
Una vez en el castillo, gritó al guardia para que bajara el puente, y éste con reticencia lo hizo.
Franqueado por la gente de aquella fotrtaleza que murmuraba sin poder creer lo que veía o se apartaba para no cruzar su mirada con la horrible mujer, Galahad llegó a la puerta de acceso a las habitaciones reales.
Con la mano impidió que la bruja se bajara por sus propios medios y se apuró a darle el brazo para ayudarla. Ella se sorprendió y lo miró casi con sarcasmo.
—Si es que vas a ser mi esposa —le dijo— es bueno que seas tratada como tal.
Apoyada en el brazo de él, la bruja entró en la recámara real. El rey había empeorado desde la partida de Galahad; ya no despertaba ni se alimentaba.
Galahad mandó a todos a abandonar la habitación. El médico personal del rey pidió permanecer y Galahad consintió.
La bruja se acercó al cuerpo de Arturo, lo olió, dijo algunas palabras extrañas y luego preparó un brebaje de un desagradable color verde que mezcló con un junco. Cuando intentó darle a beber el líquido al enfermo, el médico le tomó la mano con dureza.
—No —dijo—. Yo soy el médico y no confío en brujerías. Fuera de…
Y seguramente habría continuado diciendo “…de este castillo”, pero no llegó a hacerlo; Galahad estaba a su lado con la espada cerca del cuello del médico y la mirada furiosa.
—No toques a esta mujer —dijo Galahad—; y el que se va eres tú… ¡Ahora! —gritó.
El médico huyó asustado. La bruja acercó la botella a los labios del rey y dejó caer el contenido en su boca.
—¿Y ahora? —preguntó Galahad.
—Ahora hay que esperar —dijo la bruja.
Ya en la noche, Galahad se quitó la capa y armó con ella un pequeño lecho a los pies de la cama del rey. Él se quedaría en la puerta de acceso cuidando de ambos.
A la mañana siguiente, por primera vez en muchos días, el rey despertó.
—¡Comida! —gritó— Quiero comer…Tengo mucha hambre.
—Buenos días majestad —saludó Galahad con una sonrisa, mientras hacía sonar la campanilla para llamar a la servidumbre.
—Mi querido amigo —dijo el rey—, siento tanta hambre como si no hubiese comido en semanas.
—No comiste en semanas —le confirmó Galahad.
En eso, a los pies de su cama apareció la imagen de la bruja mirándolo con una mueca que seguramente reemplazaba en ese rostro a la sonrisa. Arturo creyó que era una alucinación. Cerró los ojos y se los refregó hasta comprobar que, en efecto, la bruja estaba allí, en su propio cuarto.
—Te he dicho cientos de veces que no quería verte cerca de palacio. ¡Fuera de aquí! —ordenó el rey.
—Perdón majestad —dijo Galahad—, debes saber que si la echas me estás echando también a mí. Es tu privilegio echarnos a ambos, pero si se va ella me voy yo.
—¿Te has vuelto loco? —preguntó Arturo— ¿Adónde irías tú con este monstruo infame?
—Cuidado alteza, estás hablando de mi futura esposa.
—¿Qué? ¿Tu futura esposa? Yo he querido presentarte a las jóvenes casaderas de las mejores familias del reino, a las princesas más codiciadas de la región, a las mujeres más hermosas del mundo, y las has rechazado a todas. ¿Cómo vas ahora a casarte con ella?
La bruja se arregló burlonamente el pelo y dijo:
—Es el precio que ha pagado para que yo te cure.
—¡No! —gritó el rey— Me opongo. No permitiré esta locura. Prefiero morir.
—Está hecho, majestad —dijo Galahad.
—Te prohibo que te cases con ella —ordenó Arturo.
—Majestad —contestó Galahad—, existe solo una cosa en el mundo más importante para mí que una orden tuya, y es mi palabra. Yo hice un juramento y me propongo cumplirlo. Si tú te murieses mañana, habría dos eventos en un mismo día.
El rey comprendió que no podía hacer nada para proteger a su amigo de su juramento.
—Nunca podré pagar tu sacrificio por mí, Galahad, eres más noble aún de lo que siempre supe. —El rey se acercó a Galahad y lo abrazó—. Dime aunque sea qué puedo hacer por ti.
A la mañana siguiente, a pedido del caballero, en la capilla del palacio el sacerdote casó a la pareja con la única presencia de su majestad el rey. Al final de la ceremonia, Arturo entregó a Sir Galahad su bendición y un pergamino en el que cedía a la pareja los terrenos del otro lado del río y la cabaña en lo alto del monte.
Cuando salieron de la capilla, la plaza central estaba inusualmente desierta; nadie quería festejar ni asistir a esa boda; los corrillos del pueblo hablaban de brujerías, de hechizos trasladados, de locura y de posesión…
Galahad condujo el carruaje por los ahora desiertos caminos en dirección al río y de allí por el camino alto hacia el monte.
Al llegar, bajó presuroso y tomando a su esposa amorosamente por la cintura la ayudó a bajar del carro. Le dijo que guardaría los caballos y la invitó a pasar a su nueva casa.
Galahad se demoró un poco más porque prefirió contemplar la puesta del sol hasta que la línea roja terminó de desaparecer en el horizonte. Recién entonces Sir Galahad tomó aire y entró.
El fuego del hogar estaba encendido y, frente a él, una figura desconocida estaba de pie, de espaldas a la puerta. Era la silueta de una mujer vestida en gasas blancas semitransparentes que dejaban adivinar las curvas de un cuerpo cuidado y atractivo.
Galahad miró a su alrededor buscando a la mujer que había entrado unos minutos antes, pero no la vio.
—¿Dónde está mi esposa? —preguntó.
La mujer giró y Galahad sintió su corazón casi salírsele del pecho. Era la más hermosa mujer que había visto jamás. Alta, de tez blanca, ojos claros, largos cabellos rubios y un rostro sensual y tierno a la vez. El caballero pensó que se habría enamorado de aquella mujer en otras circunstancias.
—¿Donde está mi esposa? —repitió, ahora un poco más enérgico.
La mujer se acercó un poco y en un susurro le dijo:
—Tu esposa, querido Galahad, soy yo.
—No me engañas, yo sé con quién me casé —dijo Galahad— y no se parece a ti en lo más mínimo.
—Has sido tan amable conmigo, querido Galahad, has sido cuidadoso y gentil conmigo aun cuando sentías que aborrecías mi aspecto, me has defendido y respetado tanto como nadie lo hizo nunca, que te creo merecedor de esta sorpresa… La mitad del tiempo que estemos juntos tendré este aspecto que ves, y la otra mitad del tiempo, el aspecto con el que me conociste… —la mujer hizo una pausa y cruzó su mirada con la de Sir Galahad—. Y como eres mi esposo, mi amado y maravilloso esposo, es tu privilegio tomar esta decisión: ¿Qué prefieres, esposo mío? ¿Quieres que sea ésta de día y la otra de noche o la otra de día y ésta de noche?
Dentro del caballero el tiempo se detuvo. Este regalo del cielo era más de lo que nunca había soñado. Él se había resignado a su destino por amor a su amigo Arturo y allí estaba ahora pudiendo elegir su futura vida. ¿Debía pedirle a su esposa que fuera la hermosa de día para pasearse ufanamente por el pueblo siendo la envidia de todos y padecer en silencio y soledad la angustia de sus noches con la bruja? ¿O más bien debía tolerar las burlas y desprecios de todos los que lo vieran del brazo con la bruja y consolarse sabiendo que cuando anocheciera tendría para él solo el placer celestial de la companía de esta hermosa mujer de la cual ya se había enamorado?
Sir Galahad, el noble Sir Galahad, pensó y pensó y pensó, hasta que levantó la cabeza y habló:
—Ya que eres mi esposa, mi amada y elegida esposa, te pido que seas… la que tú quieras ser en cada momento de cada día de nuestra vida juntos…
Cuenta la leyenda que cuando ella escuchó esto y se dio cuenta de que podía elegir por sí misma ser quien ella quisiera, decidió ser todo el tiempo la más hermosa de las mujeres.
Cuentan que desde entonces, cada vez que nos encontramos con alguien que, con el corazón entre las manos, nos autoriza a ser quienes somos, invariablemente nos transformamos.
Un conocido maestro tenía un suntuoso palacio donde atendía a sus invitados e impartía enseñanza durante seis meses al año. La otra mitad de su tiempo actuaba como maestro en otro país mucho más pobre donde tenía una pequeña casa, muy modesta y desprovista de todo lujo.
Estando en su pequeña cabaña llegó uno de los alumnos al que impartía enseñanza en el otro país y en el lujoso palacio. Este alumno no entendió la escasez, la falta de medios, la vulgaridad y la sencillez de la decoración. Le dijo que con su poderío económico podría con facilidad construirse un palacio a la altura de su valía. Traer suntuosas alfombras del otro país rico. Adornarlo con los mejores muebles, tapices, mármoles…
El maestro le dijo: cuando impartes enseñanza tienes que adaptarla al tiempo, al lugar y a las gentes. De lo contrario no estás haciendo nada…
¿Cuál es el mensaje profundo de este cuento?
La enseñanza tiene que estar actualizada para la sociedad a la que se va a impartir. No tiene sentido contar las recetas que se explicaban a los alumnos en el año 1400, ya que tus alumnos ahora son del siglo XXI. (Si lo haces formaras a personas que podrán defenderse en una sociedad “medieval”)
El lugar donde se imparte la enseñanza estará adaptado a la zona. Por ejemplo, no parece muy lógico situar un edificio de 100 plantas en una ciudad donde hay cinco alturas como máximo
La enseñanza siempre tiene unos destinatarios concretos y el maestro hablará al nivel de sus alumnos. Se rebajará para tirar de ellos y elevar sus conocimientos. El maestro hablará a cada uno según su nivel de comprensión. Por último y no menos importante, es el maestro el que encuentra al alumno a pesar de que a nuestros ojos parece justo lo contrario
En el curso de un viaje, Mulla Nasrudin (el tonto en los cuentos sufis) llega a un pueblo. En el mercado, se queda pasmado delante de un tenderete de frutas exóticas, desconocidas, que encuentra de lo más apetitosas. Le dice al vendedor:
-Estas frutas me parecen excelentes. ¡Póngame un kilo!
Se marcha muy contento con su compra. Un poco más lejos, le hinca el diente a una de estas frutas rojas, pero al instante siente que la boca le hecha fuego.
Se pone rojo. Sus ojos lloran y sin embargo continúa comiendo. Un transeúnte, que le está mirando desde hace un momento, le aborda:
-Pero ¿Qué hace usted?
Creía que estas frutas eran muy buenas. Pensando que no iba a tener bastante con una sola, he comprado un kilo.
-Comprendo, pero ¿por qué se empeña usted en comérselas? Son pimientos rojos, y son terriblemente fuertes.
-No son los pimientos de los que yo me como ahora, añade Mulla, sino mi dinero
¿Cómo interpreta este cuento Alejandro Jodorowsky?
Dice: “Uno ha hecho grandes esfuerzos para conseguir una situación o para formar una pareja u otra cosa y sin embargo se ha equivocado, pero insiste: uno se obstina en comerse los pimientos. En esta historia, los pimientos representan el esfuerzo que se ha realizado. No somos lo bastante humildes pera reconocer que hemos cometido un error. Continuamos invirtiendo todo lo que poseemos en los pimientos.
Si uno quiere cambiar, en un momento dado, hay que ser lo bastante humilde para decirse: “Me he equivocado. He comprado un kilo de pimientos que no puedo comerme, pues me hacen daño. Los dejo y empiezo otra cosa”.
“He pasado treinta años con esa mujer” o ” He pasado veinticinco años llevando esta estúpida vida”.
“Tienes dos soluciones: o volver a empezar tu vida o no poner fin a esta relación pero reorganizarla”.
Cuando se han pasado muchos años con alguien, es preciso reajustar la pareja. No continuar con una vieja organización que no se corresponde y a la realidad presente. Uno mismo le dice:
Me había propuesto en mi juventud un ideal para mi familia, pero han pasado los años y los intereses han cambiado. No puedo seguir viviendo de este modo: voy a reorganizarlo todo”
Alejandro Jodorowsky: París, junto al “Jardin des Plantes” se alza una mezquita árabe. En una esquina del templo hay un café frecuentado por ciudadanos con sed de silencio que, bebiendo té a la menta, reciben el bálsamo místico que emana de esa arquitectura… Esta mañana se sentó junto a mí un humilde obrero argelino, recogedor de basuras, viejo, de mirada mansa e inteligente. Trabamos conversación. Me habló durante una hora de la simple sabiduría de los santos del Islam. Recuerdo algunas de esas enseñanzas, lamento no haber tenido un cuaderno para anotarlas todas: “Aunque creas que no te entienden, di lo mejor que piensas, y si hay algo bello en tu corazón, comunícalo: esas palabras producirán un beneficio al igual que el remedio que bebe un enfermo y que actúa sobre él aunque ignore su naturaleza”. “Cuando escuches a alguien no te preocupes de que sea humilde o poderoso porque en la vía de la verdad, la pobreza o la riqueza no sirven para nada”. “Un hombre sabio no es aquel que distingue el bien del mal; eso hasta los animales saben hacerlo. Un sabio es aquel que entre dos males elige el menor, y entre dos cosas buenas discierne cuál es la mejor”. “Ve siempre la muerte ante tus ojos y recuerda, cuando estés acostado, que ella reposa bajo tu almohada. La vida disminuye cada día: aprovéchala”. “Cuando encuentres a tu prójimo, no busques sus defectos sino mira bien en qué es superior a ti. Todo ser humano puede enseñarte algo”. “El más bello de los actos es la práctica de la sinceridad”. “Modera tus deseos: si no le pides nada a los demás, todos tendrán necesidad de ti”…
Me despedí del anciano y, lleno de alegría, salí a la calle para encontrarme con edificios por cuyas ventanas, desde aparatos de televisión, líderes políticos peroraban con rostros hipócritas, prometiendo miles de cosas que, si resultaban elegidos, serían incapaces de cumplir. Añoré los tiempos remotos en que los servidores del pueblo eran filósofos santos al servicio del alma humana, en un planeta venerado y no al servicio de sus propios bolsillos en un planeta explotado hasta su casi exterminio.
Zeus y Hera estaban mirando hacia abajo desde los Cielos, observando los apuros de la humanidad. Hera se sentía singularmente apenada por un pobre hombre. Abrumado por el peso de sus problemas, el hambre y las exigencias de su familia, a la que no podía alimentar ni contentar.
“Mi señor”, le dijo a Zeus, “apiádate. Envíale alguna ayuda a ese pobre hombre. Míralo, es tan pobre que lleva las sandalias atadas con algas”.
“Amor mío”, contestó Zeus, “le ayudaría con mucho gusto, pero todavía no esta preparado”.
“¡Qué vergüenza!”, replicó Hera. “Sería la cosa más fácil del mundo para ti arrojar en el camino delante de él un saco lleno de oro, a fin de aliviar sus preocupaciones para siempre”.
“¡Aaaaah! eso es algo diferente”, dijo el Dueño del Universo. Un súbito relámpago, acompañado del estruendo de un trueno, desgarró el cielo despejado.
El mundo pareció detenerse por un momento y después los pájaros y cigarras reanudaron su canto. Un saco conteniendo oro de la más pura calidad yacía en el camino delante del pobre hombre, quien, con mucho cuidado, levantó los pies y pasó por encima para no estropearse todavía más las sandalias.
Junto a un grupo de gatos, pasó un día un perro sabio. Y como al acercarse vio que estaban muy absortos y no reparaban en él, se detuvo. Y he aquí que se levanta en el centro del grupo un gato grande; solemnemente mira a los otros y dice: “Rezad, hermanos, y cuando hayáis rezado y rezado, entonces os aseguro que sin duda ninguna lloverán ratones.”
Cuando el perro oyó esas palabras, sonrió entre sí y se alejó diciendo: “Gatos necios y ciegos. Como si no estuviera escrito, como si yo no lo supiera y mis padres antes que yo: lo que llueve en virtud de la oración y las súplicas no son ratones… sino huesos.
Postrado a la vera del camino, esperaba que pasara alguien caritativo que me lanzara una moneda. De pronto vi venir un cortejo que rodeaba a una carroza tirada por seis caballos. Pensé: Un gran señor se ha dignado cruzar por esta aldea. Es posible que me deje caer una generosa limosna.
Esperé anhelante mientras la carroza se detuvo enfrente mío. De ella descendió un personaje ricamente ataviado, al que supliqué: ¡ Señor, una moneda !… Pero, para mi desconcierto, el gran señor extendió su mano y me preguntó: «¿Tienes algo para darme?». ¡ A mí, al mísero, él le pedía ! No podía creerlo, pero seguía delante de mí con la mano tendida…
Vacilando, hurgué en mi raída bolsa, en busca de algo que pudiera dar, algo pequeño que no mermara mis tan escasas pertenencias. Encontré un grano de trigo, que coloqué en esa mano insistente. El me dijo:
«¡ Gracias !». Subió a su carroza y se marchó.
En la noche, al llegar a mi albergue, vacié en el suelo el contenido de mi bolsa, buscando algún mendrugo que pudiera servirme de cena y, entre los desechos recolectados, había un grano de trigo de oro, Sollocé amargamente:
Cuenta una leyenda china que hace mucho tiempo, una joven llamada Lili se casó y se fue a vivir con el marido y la suegra. Después de algunos días, no se entendió con ella. Sus personalidades eran muy diferentes y Lili fue irritándose con los hábitos de la suegra. Los meses pasaron y ellas cada vez discutían y peleaban más. Lili, no soportando vivir con la suegra, decidió visitar a un amigo de su padre.
Después de oírla, el señor Huang tomó un paquete de hierbas venenosas y le dijo: Dale estas hierbas poco a poco para tener certeza de que cuando ella muera nadie sospechará de ti. Deberás actuar de manera muy amigable. No discutas, ayúdala a resolver sus problemas. Recuerda: tienes que hacerlo como te digo.
Lili respondió: Si, haré todo como Ud. me lo pide. Lili volvió a su hogar para comenzar el proyecto. Pasaron las semanas y cada día, Lili servía una comida especialmente preparada para su suegra. Siempre recordaba lo que el señor Huang le había recomendado para evitar sospechas y así controló su temperamento, obedeciéndole, tratándola como si fuese su propia madre. Después de seis meses, la casa entera estaba completamente cambiada.
En esos meses, no había tenido ni una sola discusión con su suegra, que ahora parecía mucho más amable y suave en el trato con ella. Las actitudes de la suegra también cambiaron y ambas pasaron a tratarse como madre e hija.
Un día Lili fue nuevamente en procura del señor Huang para pedirle ayuda y le dijo: Querido señor Huang, por favor ayúdeme. Ya no quiero que mi suegra muera a causa del veneno que le he dado. Ella se ha transformado en una mujer muy agradable y la amo como si fuese mi madre.
El señor Huang sonrió y agregó: Lili, no tienes por qué preocuparte. Tu suegra no ha cambiado, la que ha cambiado has sido tú. Las hierbas que le di eran vitaminas para mejorar su salud. El veneno estaba en tu mente, en tu actitud, pero fue echado fuera y sustituido por el amor y el cuidado que le diste a ella.
Agradecemos mucho vuestros comentarios. ¡Un abrazo a TOD@S!