
Recuerdo lo que hicimos el sábado y todavía me emociono hasta las lágrimas. Fue potente. Cuatro mujeres afuera de la catedral enfrentando a la diversa fauna santiaguina. Me sentía nerviosa, pero era algo que quería hacer, y al ver a mis 3 compañeras tan resueltas y tranquilas me sentí apoyada y convencida de que era muy fácil, que eran mis miedos personales los que querían frenarme. Deambulamos entre la muchedumbre con prestancia, cada vez con el paso más firme. Hubo diversas reacciones, desde palabras y gestos de apoyo, hasta risas y caras de duda, pasando incluso por algunas agresiones verbales. Nada nos detuvo. Éramos sólo seis personas, contando el valiosísimo aporte de mi novio, quien fue uno de los organizadores y el reportero que registró la ocasión, y un amigo suyo que nos observaba sentado en un escaño de la Plaza de armas, resguardando nuestras pertenencias e integridad.
No hubo ensayos ni reuniones previas, de hecho, nunca nos habíamos visto entre nosotras (excepto dos papisas que son primas). Sin embargo, a todas nos motivaba lo mismo: sembrar un poquito de consciencia. Conversamos algunas breves pautas y le dimos paso a la espontaneidad. La idea era no hablar, pero se nos hizo imposible. La gente nos preguntaba y no queríamos ser descorteces. Un tipo me persiguió como león enjaulado mientras intentaba evadirlo porque sus preguntas apuntaban a desacreditarnos y porque ninguna respuesta mía lo llevaría a aceptar nuestra acción. Reconozco que sentí miedo en ese momento, creo que no supe reaccionar del mejor modo, pero siempre mantuve la calma. Minutos después una de las papisas me comentó que ese mismo individuo la había insultado. Todo pasó. Es la vida que a veces se nos escapa de las manos, pensé.
Al cabo de un rato decidimos caminar en hilera, intercambiando el liderazgo a cada vuelta. La sensación de poder fue increíble. Caminar juntas nos hizo más fuertes. Luego, nuestro amigo de la plaza nos decía que se imaginaba esa potente visión si hubiéramos sido más. Al avanzar abriéndoles paso a las papisas que venían detrás se sentía el peso y apoyo, no de tres, sino de una multitud de mujeres reprimidas y oprimidas por siglos. Más tarde, por idea de mi novio, nos posicionamos entre dos estatuas de un par de importantes personajes religiosos ubicados a un costado de la edificación. Ese, para mí, fue el instante más emotivo. A ratos miraba los rostros de las personas que transitaban, en otros miraba un punto fijo en el cielo y mil imágenes pasaban por mi mente. No pude evitar llorar ¿Y por qué hacerlo?, comentamos con una papisa a mi lado, quien me sorprendió al decirme que le pasaba lo mismo que a mí, quería llorar. Nos acercamos la una a la otra y así, culminamos nuestro acto.
Me sentí una de cuatro poderosas guerreras unidas a través de la poesía y el amor a otras tantas que hacían lo mismo en otros lugares del país y del mundo. Mis infinitos respetos y agradecimientos a todas y todos.
Amela Sabrina
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