Sobre la humildad y la autenticidad
Sobre la importancia del presente
Sobre las personas que se desprecian
Sobre la humildad y la autenticidad
Sobre la importancia del presente
Sobre las personas que se desprecian
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A veces ocurre en la historia de la colonia. Alguien, por alguna razón, consigue romper el caparazón del Diseño. Por supuesto no es consciente de haberlo roto, porque naturalmente nadie conoce la existencia del Diseño. Esa es su fortaleza, tanto es así que aunque algún intruso trate de revelarlo a alguno de los colonos, nadie lo creerá, y al intruso lo expulsarán, lo harán quedar en ridículo o lo matarán en un sacrificio ritual.

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“Vivimos en una realidad donde abundan los prodigios, pero ellos son vistos solamente por quienes han desarrollado su percepción.
Sin esa sensibilidad todo se hace banal, al acontecimiento maravilloso se le llama casualidad, se avanza por el mundo sin esa llave que es la gratitud. Cuando sucede lo extraordinario se le ve como un fenómeno natural, del que, como parásitos, podemos usufructuar sin dar nada en cambio.
Mas el milagro exige un intercambio: aquello que me es dado debo hacerlo fructificar para los otros. Si no se está unido no se capta el portento. Los milagros nadie los hace ni los provoca, se descubren.
Cuando aquel que se creía ciego se quita los anteojos oscuros, ve la luz. Esta oscuridad es la cárcel racional.”
Alejandro Jodorowsky
Imagen: Nelleke Pieters
Alejandro Jodorowsky:
Nunca hubo un jardín más bello que aquel, lleno de plantas suaves, animales delicados, fragancias sublimes y un cesped que hubiera hecho morir de envidia al terciopelo. Lo único que desentonaba en esa perfecciòn era un gran espejo parado en pleno centro del edén. Un hombre, que por casualidad llegó hasta ahí, no tuvo ojos màs que para la superficie azogada. Viendo el reflejo, exclamó: “¡Qué hermoso paisaje, allí quiero vivir!” Y corrió hacia su maloliente ciudad para trepar hasta su departamento, empacar bártulos, cargarlos en un camiòn y volver al sitio ansiado. Descargó muebles, paquetes y se sentó frente al espejo, viendo con admiración lo que reflejaba. Observó cada centímetro cuadrado de la superficie, escogió, deseó: “¡Este es el mejor punto: una ladera sombreada bajo cipreses fríos en un silencio total que ha de curarme del hervidero bullicioso donde he vivido!”. Trató de entrar en el espejo, pero la bruñida superficie no se le abrió. “¿Por qué me pones una barrera invisible? ¡He sido bueno, he luchado, sufrido, merezco que me recibas, ese sitio me pertenece, es mi premio!” El espejo no respondió. El hombre, desesperado, se puso a rogar, a no comer, a suspirar, a rezar, a patalear. ¡Nada! Se enfureció: “¿Cómo es posible que el destino pueda vencerme? ¡Tengo la voluntad necesaria para cambiar mi sino: forzaré la entrada!” Tomó las pertenencias que podía cargar en sus brazos, retrocedió y se lanzó contra el espejo. ¡El cristal estalló en mil pedazos! El hombre vio desaparecer el reflejo codiciado y, de rodillas entre los vidrios, lloró amargamente: “¿Dios, por qué has destrozado mi realidad? ¡Ya no tengo donde vivir! ¡He quedado en la nada! ¿De qué me sirve la vida? ¡Si tengo las manos vacías prefiero desaparecerer!” Se abrió las venas y se tendió en el pasto para dejarse morir. ¡Sí, dejarse morir en medio de un jardín fragante, entre el coro sublime de las aves, sobre el pasto maternal, bajo el verde balsámico de las hojas, añorando nada más que un reflejo!
Más fábulas en otras entradas de Alejandro Jodorowsky, “EL PLACER DE PENSAR“
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